El 4 de mayo pasado murió uno de los más grandes poetas que nos quedaban, autor de libros verdaderamente novedosos, sorprendentes, inclasificables. Acaba de fallecer una gran persona.
Todos, o casi todos, han leído o, al menos, han escuchado hablar de Néstor Groppa, muy relacionado con Tucumán a través del Salón de Poemas Ilustrados, organizado por la activa Dirección de Difusión Cultural (en los años 60 y 70) y de LA GACETA Literaria.
Groppa fue un escritor talentoso, que se encargó durante muchos años del suplemento cultural del diario El Pregón, de Jujuy. Fue también un generoso difusor de la literatura del Noroeste Argentino.
A pesar de que él lo dijo en varias oportunidades, en charlas de amigos y en notas periodísticas, pocos recuerdan que su nombre como escritor era un seudónimo, a medias, pero seudónimo al fin. Néstor Groppa, al modo de Fernando Pessoa o de Mario Levrero, era el heterónimo de Leandro Álvarez; es decir, de Leandro Néstor Álvarez Groppa. Él se encargó de relatarlo con total claridad en un reportaje:
 "En cierto lugar de Tilcara, estábamos Pompeyo Audivert y yo ocupados en encontrarme un nombre para la autoría de mi primer libro, y de libros futuros. ¿Néstor Álvarez? ¿Leandro Álvarez? No, no convencía, no sonaba demasiado bien. ¿Leandro Néstor Álvarez? Era muy largo. Y de pronto apareció mi madre en mis ojos (yo era su único hijo); mi madre en mis ojos y en mi apellido siempre. ¿Néstor Groppa? Ese es el nombre, dijo Pompeyo Audivert. Entonces supe que la búsqueda había terminado."
Este es un simple recuerdo al amigo que acaba de irse; pero, al mismo tiempo, es la confirmación de una muesca indeleble que queda en cada uno de sus libros. No es poco. Es la marca, es el apelativo que, afortunadamente, lo sobrevivirá. Ojalá sirva para que algunos lo relean. Ojalá ayude para que otros lo descubran. © LA GACETA